Lunes 9 de Julio de 2018

Lunes 9 de Julio de 2018 08:12 am

Gamboa, el sheriff | RAMÓN ALBERTO GARZA



“Nos dimos un balazo en el pié”, dijo el senador Emilio Gamboa al calificar la estrepitosa derrota del PRI en la elección presidencial del primero de julio.
 
El senador priista amplió su catálogo de culpas. “Nos fallaron muchas cosas. Nos fallaron candidatos. Nos falló el trabajo dentro de nuestro partido. Se nos fue mucha gente a Morena, no tuvimos la posibilidad de meterlos en las listas”.
 
Gamboa vuelve a ser el gran fiel de la balanza en la derrota. Es el sheriff que busca al asesino del PRI.
 
No se da cuenta que su partido agonizó por políticos como él, enquistados en el sistema, traficando influencias y explotando al Erario público. Desde hace cinco sexenios.
 
Y para invalidar sus dichos, baste recordarle que su hijo Pablo Gamboa, postulado por el Partido Verde –satélite del PRI- no pudo sacar adelante su curul.
 
Si el papá careció de la suficiente capacidad de operación para ganar un distrito y ayudar al hijo, ¿con qué cara sale ahora a pontificar sobre la descomunal derrota tricolor?
 
Pero Gamboa solo cosecha lo que sembró desde los años en que fue secretario particular de Miguel de la Madrid, cuando se adueñó del picaporte presidencial, ensanchando su catálogo de complicidades.
 
Apadrinando favores, transitó como titular del Infonavit, el Seguro Social, Fonatur y la Lotería Nacional. Casas, medicamentos, terrenos…y un “cachito” de la suerte.
 
Su gran poder lo consolidó cuando se instaló en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, donde mas allá de los grandes contratos, operó para algunos poderosos concesionarios de las telecomunicaciones.
 
Su fama creció en el 2000, al convertirse en coordinador de campaña de Francisco Labastida. Y pasó a la historia como el primer priista que perdió una campaña presidencial.
 
En aquella fallida campaña, Gamboa fue el operador del Pemexgate, aquel mega escándalo de corrupción que reveló la danza de millones de pesos, transferidos por el sindicato petrolero al candidato del PRI.
 
Y la cereza de sus excesos fue puesta al descubierto en 2006, cuando le interceptaron algunas llamadas con el empresario textil Kamel Nacif, famoso por su relación con Jean Succar Kuri, enviado a prisión por pederastia y pornografía infantil.
 
En esas llamadas, Nacif le pedía a su amigo Gamboa que detuviera en el Senado ciertas iniciativas para que no fueran aprobadas. Y tal como se le instruyó, eso pasó.
 
Gamboa a Nacif: “Entonces lo que tu digas, cabrón, lo que tu digas. Por ahí vamos, cabrón…”
 
Nacif a Gamboa: “No, dale pa’trás, papá”. Gamboa a Nacif: “Pues entonces va pa’trás, esa chingadera no pasa en el Senado. Eh….”
 
Nacif a Gamboa:“¡A güevo!”
 
Ese es el retrato vivo, en los hechos, de quien perdió la primera campaña presidencial priista. El mismo que hoy es el todavía jefe de la última fracción priista que tendrá control en el Senado. El político que insiste en ver la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio.
 
El estereotipo del priista que hasta el 30 de junio buscaba arreglar los grandes problemas nacionales -contratos y favores incluidos- en un campo de golf. Poteando con el presidente en turno.
 
El que desvió helicópteros de la Secretaría de la Defensa para que lo llevaran a jugar golf. El que en su prepotencia aterrizó sobre ecosistemas naturales protegidos, como el Arrecife Alacranes, en Yucatán.
 
Pero hoy la tarea del sheriff Gamboa es encontrar culpables. Comenzando por el de la muy posible derrota tricolor en su natal Yucatán. ¿Nos vemos en el espejo?







 

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