Domingo 16 de Septiembre de 2018

Domingo 16 de Septiembre de 2018 11:37 am

Servicio Exterior Mexicano | OSCAR HOLGUÍN

Yo ingresé al Servicio Exterior Mexicano en 2010. Lo hice tras haber aprobado un difícil concurso de ingreso que comenzó en 2008 y haber competido contra miles de personas que, al igual que yo, buscaban obtener el privilegio de representar a su país. Y déjenme decirles que ése es el único privilegio que tengo o he tenido como funcionario desde entonces.


 


De 2010 a la fecha, he servido a México desde cuatro lugares diametralmente distintos entre sí, a veces en condiciones adversas, haciendo un trabajo altamente especializado del que me siento muy orgulloso. Para llegar al rango de segundo secretario, que es el que ocupo actualmente y que no está ni a medio camino del rango de embajador, he cursado dos licenciaturas, una especialidad, una maestría, un doctorado, me preparé en el Instituto Matías Romero -que es la academia diplomática mexicana-, hablo tres idiomas y tengo estudios de dos más, y me he preparado continuamente con diplomados y cursos varios en el área de mi profesión, la de diplomático.


 


Y como yo, alrededor de mil 1400 funcionarios mexicanos, haciendo esfuerzos semejantes, nos hemos ganado el privilegio de representar y servir a un país de casi 130 millones de personas. Eso quiere decir que México tiene únicamente un diplomático de carrera por cada 92 mil habitantes, poco más.


 


El Servicio Exterior Mexicano es el servicio civil más antiguo de México y los pocos funcionarios que lo integramos somos funcionarios de Estado, no de gobierno, que trabajamos por representar a México con toda dignidad y lo hacemos a la altura de cualquier servicio exterior del mundo.


 


Sin embargo, ganamos la mitad o poco más de lo que ganan los diplomáticos de países latinoamericanos como Brasil, Perú o Chile, o cualquier otro país que tenga indexado el salario de sus diplomáticos al de los funcionarios de las Naciones Unidas. Trabajamos sábados y domingos desde mucho tiempo antes de que estuviera esta opción en la boca de ningún político.


 


Al Servicio Exterior Mexicano no se le han hecho ajustes salariales desde 1999, o sea, hace casi veinte años que se nos paga lo mismo. A eso hay que sumarle que estamos lejos de nuestras familias y que para verlos tenemos (o tienen) que pagar boletos de avión y todos los gastos que conllevan los viajes, que no tenemos acceso al ISSSTE por lo que pagamos deducibles y coaseguros de seguros médicos privados cada vez más insuficientes que contrata la Secretaría de Relaciones Exteriores (y que no cubren dentista, ni lentes, ni exámenes de rutina, por ejemplo), y que quienes tienen hijos tienen que pagar escuelas privadas con sistemas internacionales que les permitan continuar sus estudios sin obstáculos en caso de traslado.


 


Pagamos rentas que en muchas ocasiones, como es mi caso, exceden el 40 por ciento de nuestros ingresos, porque evidentemente no podemos vivir en nuestras casas, y en muchos casos trabajamos en ciudades sumamente caras en donde las rentas, a diferencia de nuestros salarios, sí suben año con año.


 


Quienes han podido ver de cerca cómo vivo desde que soy diplomático, pueden dar testimonio de que no tengo ni he tenido ningún privilegio derivado de mi empleo. Yo estoy de acuerdo en que en México se deben acabar los privilegios, que los hay, y que debemos vivir en un país de "austeridad republicana" porque es cierto, México es una República y como tal debe conducirse.


 


Sin embargo, me parece una falacia que se diga que el privilegio está asociado al salario, cuando en realidad el privilegio está asociado al uso y abuso del poder, independientemente de cuánto uno gane. Y ejemplos de esto hay cientos en nuestro país. Repruebo y rechazo por demagoga la reciente aprobación en el Congreso de la Ley Federal de Remuneraciones de los Servidores Públicos.


 


Los salarios del personal del Servicio Exterior Mexicano pueden llegar a ser superiores a los del presidente, pero eso de ninguna forma se puede asociar al privilegio. La discusión en este sentido se ha vuelto maniquea y puramente electorera, sin considerar el enorme daño que al afectar salarialmente al Servicio Exterior Mexicano puede hacerse a uno de los pocos espacios de entereza y meritocracia en el servicio público mexicano.


 


Espero que el presidente Peña Nieto vete la ley que le envió el Congreso y que ésta se discuta con seriedad y considerando lo que buscamos como país, no como partido político. En el día en el que celebramos nuestra mexicanidad, exijo como funcionario público y como ciudadano que se me trate con dignidad y con respeto, que así me he conducido yo y se conduce el Servicio Exterior Mexicano, cuando damos la cara por México en el extranjero y gritamos orgullosos en nombre de nuestro país ¡que viva México!






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