Martes 19 de Junio de 2018

Martes 19 de Junio de 2018 09:21 am

La materia prima del futuro | MARIO LOPE HERRERA

La pobreza es una mina de oro. No hay “recurso” tan renovable ni rentable para las campañas políticas como la autosustentable condición de pobreza extrema en la que millones de ciudadanos representan el voto práctico y fácil. Un negocio que eterniza el poder (repartido entre las cúpulas multipartidistas) y recicla las necesidades, promesas y esperanzas de un mundo nunca posible. Es la utopía descrita por Fernando Birri —que algunos mal adjudican a Eduardo Galeano—, quien afirma que “está en el horizonte. Yo me acerco dos pasos y ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar”.


 


Por mucho que el ciudadano se esfuerce en creer en las quiméricas promesas de campaña, el cumplimiento de éstas representaría el colapso de la materia prima. ¿Qué sería de las campañas sin el tema de “vamos a acabar con la pobreza”? Pero no seamos tan ingenuos. El discurso político tiene una ambivalencia de espejismo. Parece ser, pero no es. Y lo que no es, parece ser. Es un silogismo vulgar. Casi todos los gobiernos de Latinoamérica tienen este constante caminar tras la utopía. Pero repito, no seamos tan ingenuos; no es que los gobiernos no hayan podido desterrar la pobreza, no han querido hacerlo.


 


Durante seis años pagan caro el favor que la pobreza les hizo en las urnas: desigualdad, desempleo, informalidad, inseguridad y crimen organizado. Los programas sociales no figuran como agente de cambio social y sí actúan como promotores de la imagen pública gubernamental. La Sedesol no es otra cosa que una oficina de campaña que se prolonga por seis largos años, donde se controlan cifras —y se maquillan otras— para preparar el terreno de los votos y así perpetuar el poder (junto con otros artilugios). Sin embargo, los que ocupan el poder en turno, han hecho caso omiso a las graves consecuencias que la marginación social ha legado a la sociedad mexicana.


 


La pobreza no se mide sólo por el ingreso per cápita de cada ciudadano. Factores como el rezago educativo promedio, el acceso a los servicios de salud, a la seguridad social, a los espacios de vivienda y servicios básicos de ésta, a la alimentación, y finalmente al acceso a la cohesión social son indicadores que inhiben el desarrollo nacional. Pero digamos que la consecuencia de la que ha sacado provecho la maquinaria estado-multipartidista ha sido por muchas décadas la perenne ignorancia de la población más vulnerable. Esta inopia es sinónimo de extrema marginación.


 


La clase multipartidista aprovecha esta dualidad (dar-recibir) en campañas que permite incluir y excluir, según sea la coyuntura política, a los que utópicamente depositan sus esperanzas y caminan eternamente con ellas. Población que festeja un encarpetado asfáltico, la remodelación de un parque olvidado, el sembrado de un puñado de árboles en los camellones, el piso firme en una casita de paja, forma parte de esa estadística de utilería que la clase política emplea para la retahíla desértica de promesas que nunca serán cumplidas. Cíclicamente, sexenio tras sexenio, somos testigos del placebo democrático cuyo antídoto desaparece cuando a esta población de 53.418,151 de pobres, según el Coneval, se le desplaza en el más soslayado de los olvidos.


 


Para la clase política la pobreza es autosustentable y reciclable para fines nefandos y vesánicos. En los últimos años aumentó en el sureste del país. Más de la mitad de la población vive en situación de pobreza, a saber: Veracruz, 62.2%; Oaxaca, 70.4%; Tabasco, 50.9%; Chiapas, 77.1%; Campeche, 77.0%. ¿Qué lectura debemos dar a estas cifras si se asume que en este sexenio aumentó el empleo? Dos factores influyen contra éste: la desigualdad y el poder adquisitivo. Noam Chomsky afirma que la gente paga por su propia subordinación. Salarios que no alcanzan ni para el transporte ni la canasta básica. Son empleos creados pero muy mal pagados, apenas sobrevivir. La pobreza es un ejército de esclavos agradecidos con un gobierno malagradecido.


 


La condición de pobreza de la población está sujeta a ser la materia prima del futuro. El escritor Guillermo Sheridan fue el que acuñó la frase al compilar, de 1940 a 2012, los principales ejes de campaña de los que llegaron a ser presidentes de México, desde Manuel Ávila Camacho hasta Felipe Calderón. En esa breve antología de la utopía, Sheridan se pasea por las promesas que hicieron eco sexenio tras sexenio como el combate “férreo” a la pobreza, y en el caso de Manuel Ávila Camacho, a incluir a las diversas etnias indígenas a la dinámica nacional y al progreso de una nación que “reconocía” su multiculturalidad. Lo cierto es que los indígenas ni fueron incluidos y hoy día son las principales víctimas de un sistema cuya libertad se condiciona a través del voto.— Mérida, Yucatán.


 


mjlope77@gmail.com






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