Sábado 14 de Abril de 2018

Sábado 14 de Abril de 2018 11:05 am

La tragedia de Siria | CARLOS RODRÍGUEZ Y QUEZADA

Cada día parece más lejana la paz en Siria, convulso por la guerra. Cerca de una década de violencia agobia a Siria, otrora un país que más o menos llevó la fiesta en paz durante más de tres décadas, primero como mandato de Inglaterra dentro de la Sociedad de Naciones y luego independizado de la colonia.


 


Pero cayó en las garras de Hafez al Asad, un militar ambicioso, sin escrúpulos, que contó con los favores de Londres y de Washington para hacerse del poder e imponer una dictadura. Muy pronto ambos países occidentales se percataron que Asad no iba a ser un pelele y trataron de apartarlo del poder a través de un intento de golpe de estado de un hermano del dictador, que fracasó en el intento.


 


Durante 29 largos años Asad gobernó Siria con mano dictatorial. Se enfrentó a Israel y perdió incluso importantes porciones de territorio, entre ellas las Alturas del Golán, que miran hacia Israel. Desde 1967, una vez concluida la Guerra de los Seis Días, Israel mantiene ocupada esa posición estratégica y no parece dispuesto a devolverla a Siria.


 


En el año 2000, a la muerte de su padre, Bashar Al Asad se hizo del gobierno sin siquiera proponérselo. Han sido 18 años de violencia permanente, porque Siria es un plato demasiado apetitoso para muchos de los involucrados en el conflicto del Medio Oriente. Su posición estratégica es envidiable.


 


Así que ahí están los Estados Unidos, Inglaterra, Israel, Turquía, Irán, Arabia Saudita, Rusia, Líbano, más los que se acumulen al día de hoy.  Todos tienen participación e intereses en Siria.


 


Israel porque están pegados los dos estados fronterizos y cualquier movimiento militar atenta contra su seguridad; Estados Unidos porque está metido en todo el mundo, desea impulsar la creación del estado kurdo y apoyar la seguridad y expansión de Israel; Arabia Saudita apoyando al Estado Islámico (Daesh), de factura sunita, sumamente agresivo en contra de la presencia de Irán, éste de confesión chiíta, que también quiere impulsar sus intereses y su poderosa religión a través de sus propios militares y a través del Hezbollah, que tiene sede en Líbano.


 


Inglaterra porque apoya a Estados Unidos e Israel y tiene intereses propios; Turquía, porque se opone a la creación de un estado kurdo en su propia frontera y quiere ensanchar su influencia en su vecina Siria y más allá; Rusia, porque quiere controlar el expansionismo sunita de Arabia Saudita y la influencia de Estados Unidos en la región y además cuidar sus bases militares en Siria.


 


El diminuto Líbano, porque es la sede del Hezbollah y quiere detener la avalancha de refugiados sirios en su territorio, que ya alcanzan más de un millón en ese país de tres millones de libaneses, más otros cientos de miles de refugiados palestinos y de otras nacionalidades árabes.


 


Total, el tablero sirio es demasiado complejo en su resolución y no hay fórmulas que permitan avizorar una solución que se incline hacia un lado u otro. Por lo pronto, Asad cuenta con el férreo respaldo de Rusia, Turquía e Irán, que lo apoyan militar y económicamente, porque Siria está devastado por casi una década de conflicto y agotado militar, económica y socialmente.


 


10 millones de sirios han abandonado su país, buscando refugio donde se puede y donde los dejan; millones de desplazados y unos 350 mil muertos en el conflicto, civiles en su enorme mayoría. Todos han metido la mano y a duras penas los rusos han logrado sacudirse de la presencia del Daesh, cuya fuerza militar ha sido menguada en extremo, siendo un golpe muy duro para las aspiraciones políticas y expansionistas de los sauditas, que están atrás del Daesh.


 


No sólo eso, en Iraq también han sido desalojadas las fuerzas ultra conservadoras, asesinas y destructoras del Estado Islámico.


Y el inefable Donald Trump ya avisó que mandará una buena andanada de misiles bellos, modernos y mortíferos en contra del ejército sirio, acusado de regar gases venenosos en una población que no se le había sometido, falleciendo casi una centena de civiles. Vladimir Putin, por contra, ha advertido que ese pretendido ataque de Trump implica un acto de guerra que tendrá serias consecuencias.


 


Así las cosas, los juegos de guerra en Siria no hacen sino tener en ascuas al mundo, que teme una escalada de la violencia que conduzca a una guerra de mayores consecuencias, imprevisibles todas ellas, porque las dos potencias militares están mostrando el músculo sin tener una idea de hasta dónde puedan llegar.


 


Así que el mundo no duerme esperando al loco instalado en la Casa Blanca, rodeado de un grupo de halcones, que le hace el juego.






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