Increíble pero cierto

Viernes 22 de Junio de 2018

Viernes 22 de Junio de 2018 11:04 am

Las jaulas de Donald Trump | RODRIGO PEÑA GONZÁLEZ

Según el sociólogo Norbert Elias, las sociedades alrededor del mundo no progresan constante e irremediablemente. Al contrario, el proceso civilizatorio, como él lo llama, está plagado de tumbos, momentos de crisis capaces de poner en duda cualquier expectativa de desarrollo humano y social. Episodios de exterminio, violencia y desesperanza construyen este tipo de momentos. El gobierno de Estados Unidos separando a niños migrantes de sus familiares y encerrándolos en jaulas, es un ejemplo dramático y desgarrador de esos vergonzosos puntos bajos. Según la agencia periodística Reuters, entre octubre de 2016 y febrero de 2018, ocurrieron cerca de 1,800 separaciones de menores y sus familias. Sin embargo, otra agencia noticiosa, Associated Press, documentó que entre el 9 de abril y el 6 de junio la cifra ascendió a más de dos mil.


 


La Casa Blanca argumenta que es una medida de control de la migración ilegal. En su revulsiva e impulsiva cuenta de Twitter, reflejo fiel del autor, Donald Trump explicó su diagnóstico: “Los niños están siendo utilizados por algunos de los peores criminales en la tierra como medio para entrar a nuestro país”. Unos tweets después, sentenció: “Si no tienes fronteras, no tienes país”. El proteccionismo del presidente estadounidense sigue lógicas tan descabelladas como perversas. Trump también utilizó la espontaneidad de una vieja fórmula: deshumanizar a las víctimas. Lo hizo a través de culpar a los demócratas de no importarles la forma en que los inmigrantes “infestan” Estados Unidos. Solamente las plagas infestan, y no hay escenario en que una plaga sea deseable. Migrantes convertidos en criminales y plaga, y que son tratados como tal o incluso peor.


 


Las medidas más violentas de los gobiernos alrededor del mundo están –valga aquí sí la expresión– plagadas de esas fórmulas discursivas para justificar atrocidades, y suelen acompañarse de la puesta en práctica de medidas extremas. En medio de esta crisis, el gobierno estadounidense decidió abandonar el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Una vez más, el gobierno de Trump retira a Estados Unidos de las instituciones internacionales que le son incómodas. Los pronósticos no son alentadores, pues la crisis migratoria promete crecer alimentada de un aumento del flujo migratorio. A pesar de que la llegada de Trump a la presidencia creó un efecto inhibidor en potenciales migrantes, los flujos han crecido nuevamente. A ello se suman pésimas medidas de control y un desinterés más o menos generalizado por parte de las autoridades en prácticamente todos los países involucrados.


 


La mayoría de los niños viviendo este drama son centroamericanos. Su sufrimiento es responsabilidad de una tormenta perfecta formada por una serie de gobiernos irresponsables y actores sociales que se benefician de su tragedia. Trump y su gobierno protagonizan el terrible episodio de las jaulas, pero su vergonzosa actuación se acompaña del pésimo trato que agentes migratorios mexicanos y grupos criminales dan a centroamericanos. Todos juntos hacen de las rutas migratorias a través de México el viacrucis más transitado del hemisferio. Además, cada vez que se piense en un centroamericano dispuesto a vivir el infierno de migrar hacia Estados Unidos en esas condiciones, es indispensable pensar en el infierno más grande y terrible que significa para él o ella no hacerlo. Quedarse resulta peor que migrar, y es claro que migrar ya es un salto al vacío. Con todo, en este momento, el gobierno estadounidense ha vestido de jaulas la peor de sus facetas y más vale que no se olvide esa huella en la vergonzosa escalera de responsabilidades.


 





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